viernes, 30 de octubre de 2015

LA ABUELITA QUE CONMOVIÓ A DECENAS DE ESTUDIANTES DE EE. UU.



Sagradamente, todos los días, Louise Edlen saludaba a los niños que pasaban frente a su casa en un bus escolar. La anciana de 93 años disfrutaba que decenas de rostros jóvenes le alegraran el día desde el bus que los llevaba al colegio.
 
Durante cinco años esta anciana saludaba a los estudiantes, tanto así, que la mujer fue popularmente conocida como ‘la abuelita de la ventana’. Y por esto, fue natural que surgiera la preocupación cuando en septiembre la ‘abuelita’ dejó de cumplir con su cita.
¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado con ella? La conductora del bus del colegio público de Arlington (Washington), Carol Mitzelfeld, quiso averiguarlo. Así que tomó un ramo de flores y decidió ir a dejárselo a su casa. El ramo estaba acompañado por una nota en la que se leía: “A la abuelita de la ventana. Estamos pensando en ti. Te quieren, los niños del bus y la conductora”. Pero la preocupación no mejoró, la mujer se enteró de boca del propio marido de la anciana que había sufrido un accidente cerebrovascular y que estaba hospitalizada. 

Al día siguiente, y como respuesta a las flores, un cartel que decía “gracias”, rodeado de corazones, se podía ver desde la ventana donde solía aparecer la anciana. “Eso nos hizo muy felices”, dijo Cheyanne Holt, una de los 90 estudiantes que diariamente viaja en el bus. Y como agradecimiento, todos posaron para una gran fotografía en la que aparecen dentro del bus, saludando a Louise.
“Esto es de los niños. Te extrañan y quieren que te recuperes”, le dijo la propia Mitzelfeld a la anciana, cuando fue hasta el hospital a entregarle la imagen, con la idea de que pudiera seguir viendo a los menores saludándola, aunque estuviera en recuperación.
“Los extraño también. Estoy tratando de mejorarme” dijo la abuela, con mucha dificultad, mientras su marido, declaraba que la imagen de los menores le ayudaría a encontrar más fuerza para recuperarse.
Para alegría de todos, el pasado 21 de octubre, Louise pudo volver a su hogar y al asomarse por la ventana, vio su querido bus escolar con los niños adentro. Entre algunos corazones pegados en la ventana del gran vehículo amarillo, se leía “Bienvenida a casa”.
Por:  GDA / EL MERCURIO (Chile) |  30 de octubre de 2015




jueves, 29 de octubre de 2015

Irena Sendler in memoriam

Ha muerto una señora de 98 años que se llamaba Irena. Durante la Segunda Guerra Mundial, Irena consiguió un permiso para trabajar en el gueto de Varsovia, como especialista en alcantarillas y tuberías.
Pero sus planes iban más allá ...
Sabía cuáles eran los planes de los nazis para los judíos (era alemana).
Irena pasaba niños pequeños escondidos en el fondo de la caja de herramientas y llevaba un saco de arpillera detrás de la camioneta para niños más mayores). También llevaba un perro que había adiestrado para ladrar a los soldados nazis cuando entraba y salía del gueto.
Naturalmente, los soldados no querían saber nada del perro y los ladridos tapaban los gemidos de los niños.
De este modo llegó a sacar y salvar 2500 niños.
Los nazis la atraparon y le rompieron las dos piernas y los dos brazos. Irena llevaba un registro de los nombres de todos los niños que salvaba y lo tenía guardado en un tarro de cristal enterrado al pie de un árbol del jardín de casa.
Pasada la guerra, intentó localizar a los padres que pudieran haber sobrevivido y rehacer las familias. La mayoría habían perdido la vida en las cámaras de gas. Los niños que salvó encontraron casas de acogida o fueron adoptados.
En 2007 na Irena fue propuesta para recibir el Premio Nobel de la Paz.
Pero no fue la escogida: el premio fue para Al Gore, por unas diapositivas sobre el Calentamiento Global ... Y en 2009 se lo llevó Obama sólo por tener buenas intenciones.
ESTA SEÑORA ES MI NOBEL!
Gran mensaje. No permitimos que caiga en el olvido!
Al cabo de 65 años. In Memoriam.
La intención de este mensaje es llegar a 40 millones de personas de todo el mundo. Por favor, hazlo llegar a todos tus conocidos y pídeles que también lo hagan. Gracias.

Ramon Armando Leon Rodriguez
(Anónimo).

viernes, 9 de octubre de 2015

MERENDANDO CON DIOS

Un niño quería conocer a Dios. Sabía que tendría que hacer un largo viaje para llegar hasta donde Dios vive, así que preparó su maleta con pastelitos de chocolate, refrescos y emprendió el viaje.

Cuando había caminado unos minutos, se encontró con una mujer anciana que estaba sentada en el parque, contemplando en silencio algunas palomas que picoteaban las migajas de pan que ella les traía todas las tardes.

El niño se sentó junto a ella y abrió su maleta. Estaba a punto de beber uno de sus refrescos cuando notó que la anciana parecía algo hambrienta, así que le ofreció uno de sus pastelitos.

Ella agradecida aceptó con una dulce sonrisa, el niño le ofreció también uno de sus refrescos. De nuevo ella le sonrió. ¡El niño estaba encantado y feliz con su nueva compañera! Tanto, que se quedó toda la tarde junto a ella comiendo y sonriendo, aunque ninguno de los dos dijo palabra alguna.

Mientras oscurecía, el niño se sintió cansado y decidió regresar a su casa, después de haber dado algunos pasos, se detuvo, se dio la vuelta y corrió hacia la anciana, dándole un beso y un fuerte abrazo. Ella a cambió le regalo la más grande y hermosa sonrisa.

Cuando el niño llegó a su casa, su madre se quedó sorprendida al ver la cara de felicidad del niño y le preguntó: Hijo ¿qué ha pasado hoy que estás tan feliz?

El niño con toda naturalidad le contestó: Es que hoy merendé con Dios. Y antes de que su madre contestara, añadió: Y ¿sabes qué? ¡Dios tiene la sonrisa más hermosa que he visto en mi vida!"

Mientras tanto, la anciana, también radiante de felicidad, regresó a su casa. Su hijo, también vio una gran felicidad y paz en su rostro y le preguntó: Mamá ¿qué ha pasado hoy que estás tan feliz? La anciana reposadamente le contestó: Estuve en el parque, merendando con Dios. Y antes de que su hijo respondiera, añadió: Y ¿sabes? ¡Es más joven de lo que pensaba!

“Frecuentemente no damos importancia al poder de un abrazo, de un beso, de una sonrisa sincera, de una palabra de aliento, de un oído dispuesto a escuchar, de un cumplido honesto o del acto más pequeño de preocupación, pero todos esos “pequeños” detalles tienen el poder de cambiar tu vida o la de los demás”
(Tomado de Reflexiones para el alma)

martes, 6 de octubre de 2015

ANCIANOS ABANDONADOS POR SU FAMILIA DEAMBULAN LAS CALLES DE BOGOTÁ, CALI Y MEDELLÍN



Casi a diario, la Fiscalía recibe reportes de viejos perdidos. Algunos no se extravían, son desterrados por sus propios parientes. Un caso repetido es el de hombres y mujeres dejados en hospitales.
De un puñetazo perdió los cinco dientes que le quedaban. Cuando la policía lo encontró se estaba ahogando con la sangre que le salía por las encías. Ya era de noche y nadie se animó a recogerlo porque creyeron que era un borracho vomitando. En realidad era un abuelo sin memoria. Llevaba dos días deambulando las calles del centro sin saber que estaba perdido.
Ahora el viejo se ríe. No recuerda nada. Se llama Jairo Martínez, tiene 73 años y su familia pudo rescatarlo. Permanece sentado en su casa, en el barrio Kennedy, en un corredor frente a un espejo colgado en la pared. A veces, mientras se mira, Jairo cree reconocer a un amigo, entonces se saluda a sí mismo y vuelve a reír. Tuvo suerte: miles de abuelos perdidos nunca regresan.
Elizabeth Alaguna, enfermera jefe del Hogar Nazaret, un refugio para gente abandonada en el sur de Bogotá, sabe que cientos de ancianos deambulan las calles sin saber a dónde van, sin recordar su nombre, sin caer en cuenta de su drama, expuestos a los carros, las huecos, los ladrones, el frío, la indiferencia de casi todos.
Sólo en el refugio Nazaret hay 50 abuelos que un día, de pronto, se quedaron sin familia, unos porque salieron a la calle y ya no supieron cómo regresar, otros porque fueron echados de sus casas por hijos ebrios, otros más porque, tras ser llevados de urgencia a un hospital, fueron abandonados. Ese es un caso común: ancianos olvidados en centros médicos.
Sí, como muebles, meras cosas:
Liliana Oviedo, investigadora de la oficina de Reconocimiento de la Fiscalía, cuenta que ella y sus compañeros prestan servicio de identificación de abuelos abandonados en hospitales y clínicas. A veces son pacientes en coma, conectados a respiradores artificiales a los que deben tomarles huellas digitales y fotografiarlos, pero eso es casi todo.
Tras averiguar su nombre y el número de cédula, los investigadores no tienen presupuesto para hacer mucho más. Parece que, al fin de cuentas, se trata de viejos, fulanos sin valor que ni siquiera controlan esfínteres, que requieren ser llevados y traídos y bañados y vestidos y alimentados. En un mundo en que la belleza y la juventud es eso que aparece en las revistas, figurines cosidos a mano, los viejos resultan objetos inservibles.
Emilse García, empleada de El Bosque, un centro de atención para población abandonada en Ciudad Salitre, sabe de viejos con familia, pero sin ella; con hijos, pero sin ellos. En los corredores de ese refugio se ven abuelos sentados en sillas plásticas mirando su sombra en las baldosas, como si intentaran recordar la familia que tienen pero que no tienen. Algunos conservan la memoria intacta.
Es el caso de Joes Darlán Ortiz. Él cuenta que nació el 21 de junio de 1939 en Medellín y que vivió en el barrio San Javier. Su voz es entrecortada porque tiene los pulmones endurecidos. Lleva una gorra de béisbol y bigote pulido con tijeras.
Tuvo siete hijos, recuerda, pero no sabe dónde están. En la mano lleva un inhalador. Los médicos le tienen prohibido caminar, y llorar o reír en exceso porque temen que se ahogue. En su caso, la tristeza o la alegría resultan un peligro, pero él igual se ríe, como retando la suerte. Dice que sueña recibir una visita. Al fondo del corredor un grupo de ancianos ve televisión.
El aparato está clavado en la pared, arriba, igual que un altar. Una mujer que fue reina en Cartagena enumera las bondades de una crema y luego anuncia que es feliz, después repite eso de que los buenos somos más. Octavio Feria Cárdenas, un campesino del Caguán al que las Farc le robaron su tierra y su familia, cuenta que algunos ancianos están sordos pero que se sientan a ver televisión para no sentirse solos.
¿Y el amor sirve de algo?
La gerontóloga Lorena Valencia jura que ha visto ancianos con los huesos rotos y explica por qué. Ella advierte que muchos de los abuelos que llegan a los refugios fueron padres abusadores y alcohólicos cuyos hijos y esposas, al paso de los años, sólo parecen despreciarlos. Se trata de un doloroso cobro que el tiempo, de pronto, comienza a hacerles. A veces, cuenta ella, la Policía intenta regresarlos a sus casas, pero una y otra vez las familias se niegan a recibirlos, entonces deben llevarlos a los hogares de paso, que con el tiempo se vuelven hogares definitivos.
En el hogar de ancianos abandonados del Municipio de Medellín, en el barrio Belencito Corazón, cuentan historias de abuelos que llegaron con marcas de lazos a los que, alguien, los mantenía amarrados. Los gerontólogos de esa institución saben que en una casa sin comida y sin espacio para dormir, el primero que sobra es el abuelo, con mayor razón si los vínculos que lo unen a los demás miembros de la familia son lejanos, ya no con hijos sino con bisnietos o sobrinos o hijastros.
Todo se agrava para el anciano si, además, está postrado y hay que bañarlo y vestirlo. La Policía de Cali, Bogotá, Ibagué, Cartagena, Medellín, ha rescatado abuelos que llevaban meses sin que nadie los levantara de sus camas, desnutridos, con llagas en la piel por culpa de la falta de aseo. La indolencia parece infección nacional.
Quizás uno de los mayores dramas es el que sufren los ancianos con Alzhéimer, una enfermedad que devora el cerebro y vacía la mente de recuerdos. A los viejos que la padecen hay que recordarles todo una y otra y otra y otra vez, incluso como se llaman y el peligro de poner las manos en la estufa. Muchas personas creen que sólo se hacen los locos, entonces los dejan que se marchen a la calle. Así es como se pierden para siempre.
¿Por qué no nos alcanza la compasión para cuidar a los viejos? Resulta una ingenuidad no advertir que todos, a menos que fallezcamos jóvenes, nos haremos ancianos. Y es mejor no confiarse de eso que repiten las reinas por televisión: los buenos no siempre son mayoría. Basta ver el mundo.
Tenga en cuenta:
Recuerde que nadie tiene que esperar 72 horas para reportar la desaparición de un ser querido. Inmediatamente advierta la ausencia de un familiar, llame a la Policía. Los agentes están obligados a iniciar su búsqueda. Tenga en cuenta que, tras reportar cualquier desaparición, debe dirigirse a Medicina Legal para descartar que, eventualmente, su pariente esté muerto. De no ser así, diríjase a la Fiscalía y formalice su denuncia. Para ese trámite, debe llevar una foto reciente de su pariente y una descripción detallada de su apariencia física y ropa al momento de extraviarse. Evite, en la medida en que le sea posible, poner teléfonos personales en anuncios de búsqueda.
423-82-30 Es el teléfono de la Fiscalía seccional Bogotá. Úselo si sabe de un abuelo perdido.
ESCRIBA A: joshoy@eltiempo.com
JOSÉ ALEJANDRO CASTAÑO
REDACTOR DE EL TIEMPO